ABC MUSICAL: LETRA C



 CABARET VOLTAIRE                         "RED MECCA"

El tiempo vuela, eso decía Julio Cortázar, el tiempo vuela, uno cree que es lunes y ya estamos a jueves. Nada parece ser lo que realmente es, me contemplo frente al espejo (hay ocasiones en que no me atrevo a hacerlo) una mañana tras otra, cepillándome los dientes después de una noche que apenas transcurrió enmascarada en sus costuras negras. La casa también permanece quieta, quiero decir que en mis sueños de la noche no conseguí derruirla, resiste como lo hace la cafetera, las perchas colgadas en la barra del armario y las latas inglesas de tabaco de pipa que mantengo guardadas en cajas de cartón. ¡Qué resignación la suya!, condenadas a quedar ocultas, a no ser nada, y sin quejarse, sin promover ninguna rebelión tipo la de Orwell en su famosa granja.  Algunas veces me da por pensar (bueno, es algo que se me ocurre ahora, no crean que sucede a menudo) que en el silencio del trastero se podría escuchar a Booker T. Jones interpretando en su piano el “Over Easy”, y que (ya puestos) las telarañas serían capaces de recibir cierta vibración de un Memphis, tan verde, tan húmedo, tan cercano entonces.

El caso es que tiendo a ser industrial cuando llueve, no lo puedo evitar. Nada de esas ñoñerías al uso actual del Otoño y sus colores, nada de impresionismo. Me veo felizmente reflejado (el reflejo del espejo de la mañana) en un taller de motocicletas Montesa (o mejor de Bultaco,) todo inundado de ese ambiente de olor de lubricante 2T hollado contra el acero pegajoso de las cajas de cambio. Las paredes desconchadas por las goteras y el abuso gris del humo de los cigarrillos Ducados, una botella de Veterano medio llena en la balda metálica más cercana y los comentarios del lunes siguiente a la jornada de la Liga de Primera División. 


…(al igual que ocurre con un “Parental Advisory” una voz en off pone sobre aviso al lector…),  hagan el favor, damas y caballeros, de no malinterpretar mis palabras pero me alegré el día en que la aviación argentina hundió el destructor británico “HMS Sheffield”. Este hecho de guerra vino a ocurrir en mayo de 1982, más o menos por la misma época en que Cabaret Voltaire decidieron cambiar de rumbo y convertirse en una banda más orientada hacia el éxito comercial. Ellos, tan de Sheffield, tan industriales, supuestamente tan alejados de la moda entonces imperante (pero que intuyen que pronto cambiará de orientación…) deciden lanzarse a la conquista de un nicho del mercado norteamericano, una avanzadilla ibicenca que admitía la mezcla de la incipiente electrónica con el pop y el dance de discoteca. ¿Decisión equivocada? Me pregunto ahora si el juicio fue acertado, porque parece ser que para algunos de sus partidarios más acérrimos a partir de ese momento la ciudad de Sheffield perdió algo más que un destructor.  

De todas las notas tomadas sobre la banda inglesa (mientras me distraigo observando cómo mi pie hinchado va tomando un color de nescafé), las que más han llamado mi atención han sido las referentes a los antecedentes (llamemos) situacionistas de este “Red Mecca” (Rough Trade Rcds, 1981). El incremento del fundamentalismo religioso, la irrupción en el mercado de los tabloides de las bravatas de Ronald Reagan y el ayatolá Jomeini, el fracaso (y la consecuente sensación de frustración nacional) del ejecutivo de Jimmy Carter en la liberación de los rehenes de la embajada en Teherán, la cruelísima guerra entre Irán e Irak, todos estos hechos van creando un caldo de cultivo semejante a las emanaciones de gas-mostaza. Durante la gira del grupo por los Estados Unidos en 1981, en las tediosas habitaciones de los hoteles (no andaban Keith Richards ni Bobby Keys por allí), no es raro que sus miembros se enfrentaran a las arengas religiosas de los tele-predicadores (“Life In The Bush Of Ghosts” de Brian Eno & David Byrne refleja también ese ambiente polarizado), la pegatina “America, Love It Or Leave It”, que muchos conductores hacían visibles en la parte trasera de sus coches pocos años antes, había tomado ya carta de naturaleza.

Reconozco que hasta ahora no había meditado sobre ello, pero no deja de ser sorprendente el que sea una banda de Sheffield (tiendo a imaginar que apenas influida por la sofocante chapucería thatcheriana que tan acertadamente reflejó Ken Loach en “La cuadrilla”), la que recoja de manera más convincente ese clima de ruptura anticipada, de confrontación cultural y religiosa y sepa traducirla en música, y lo haga además respetando su ADN estrictamente urbano, inglés, industrial y lluvioso. 

Ese grito inicial de “A Touch Of Evil”, más que un grito, diría un inquietante quejido desplazándose en un espacio abierto, marca el inicio de lo que este “Red Mecca” llega a significar, una concatenación de sonidos armónicamente robotizados, perfectamente metalizados en su sistema de secuencias sonoras. En “Sly Doubt”, la caja de ritmos, los loops de las cintas programadas (no hará falta decir que el conjunto del álbum se estructura en la sucesión de esa por entonces poco utilizada técnica del cut-up musical) prolongan el ambiente de cadena de montaje en fase de cortocircuito. “Landslide” consigue atrapar al oyente con su ritmo dislocado, la experimentación, perfectamente diseñada en su melodía imposible, alcanza cotas de pesadilla cableada. También en “A Thousand Ways”, culminando la cara A, la entrada, al igual que lo hizo en el primer tema, se recrea en un ambiente misterioso, los coros y la caja de ritmo descabezan las reses transgénicas de un matadero industrial, de nuevo los loops y las cintas otorgan a esta debacle una bellísima imagen de alba enloquecida.

La cara B comienza con “Red Mask” (¡ah!, ¿dónde quedó aquel “Oh, Make Me A Mask” de Dylan Thomas?)…, un ritmo obsesivo galopa a lo largo de la pieza, desde el fondo de la música se observan cómo herméticas columnas de cemento armado bailan alrededor de plateadas balsas de mercurio, todo posee esa alma de fusión nuclear a punto de ebullición. “Split Second Feeling” recoge inicialmente la llamada del latón oxidado, abandonado en grandes cantidades en las cunetas de las carreteras secundarias, su crepuscular brillo renueva la ambición de aquellos zombies que transitan en busca de la Nueva Religión Contaminada. “Black Mask” entra ya de lleno en la llamada del muecín desde el minarete. Créanme que su texto no me conmueve,  tan solo me declaro fanático del tono de su voz, la de un agente de aduanas que intenta poner cierto orden en la fila de los clientes de un supermercado atestado. “Spread The Virus”, ¿qué se puede decir de un título cómo este en estos momentos de Covid-19? Por más que escucho el tema, una y otra vez, solo acierto a contemplar un fuerte viento azotando un cementerio de maquinaria de guerra abandonada. Cierra la ceremonia el reprise final de “A Touch Of Evil”, el crujido en la puerta de la nave industrial anuncia el final de la jornada laboral, los operarios retornan a sus casas, todas iguales, todas enmohecidas por la constante lluvia ácida. Se enciende la luz roja de alarma.


Richard H. Kirk (sintetizadores, guitarra, cuerdas y vientos), Stephen Mallinder (Bajo, voces y percusión) y Christopher R. Watson (programador de voces y cintas) son los miembros de estos sorprendentes Cabaret Voltaire. Formados en Sheffield en 1973 después de asistir a una conferencia de Brian Eno (en la que este se declaraba como "no músico..."), constituyen uno de los embriones de la música electrónica experimental inglesa en los inicios de esa década, entonces tan decantada hacia escenas mucho más alineadas con el rock de base blues y el prog. Ese panorama no les favorece, su decidida apuesta por el alargamiento de la experiencia musical, utilizando inicialmente todos aquellos instrumentos que pudieran facilitar esa idea original, no tendrá reconocimiento hasta que el punk arribe y se consolide en Inglaterra en 1977. Un año después, asimiladas también las influencias del primer kraut alemán (Kraftwerk, Klaus Schulze y Neu! en especial), un contrato con el sello Rough Trade les facilita el camino hacia una audiencia que ya ha asumido la necesidad de ampliar sus referencias musicales. Si a ello añadimos esas líneas paralelas, tantas veces literarias o cinematográficas, que no pocas de las bandas inglesas entonces esgrimían, en el caso de Cabaret Voltaire, la querencia por las enseñanzas de la escuela dadaísta que su propio nombre como banda anticipaba, ya les ubicamos sin problema como uno de los más preclaros ejemplos de la nueva ola post-punk, aquella que sin pudor reclamaba la subida a los cielos de las nuevas corrientes artísticas.

Mi trayectoria con ellos fue de corto alcance, tan solo llega hasta su posterior “The Crackdown” (Virgin Rcds, 1983), un álbum en el que ya no participa Watson y en el que otros dos músicos, Alan Fish y Dave Ball, percusión y teclados, junto a los originales Kirk y Mallinder, orientan su música (ya lo comenté al principio) hacia una versión más moderna, más comercial, acorde con ese entramado electrónico, con toques pop y dance, que se iba abriendo hueco entre las emisoras de radio y las pistas de baile. No importa, aunque sea esa otra historia, otra deriva en la carrera de Cabaret Voltaire (ojo, “The Crackdown” no es un disco menor, su incursión en el electro-funk abrirá las puertas a las inminentes propuestas house y techno de principios de los 90), podemos asegurar que afortunadamente ya llueve sobre mojado. Las gotas puntean los teclados en la cornisa metálica, ese sonido se repite sin tregua durante el transcurso de una madrugada mucho más húmeda que otras anteriores. Acostumbrados a la canalla de un sol casi perenne no deja de convertirse en un reconfortante alivio.



Comentarios

  1. Bufffff, el Red Mecca lo tenía en cinta de cassette. Hace mil años que no lo escucho y, tras leerte has provocado unas ganas inmensas de recuperarlo. Abrazo crack.

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    Respuestas
    1. Ah!!!, esas casettes abandonadas a su suerte, medio olvidadas y llenas de polvo. Tengo un montón de ellas y debería hacerlas más caso. Pues este podría ser un buen momento para echarle mano y ponerla en la pletina.
      Un abrazo, amunt.
      Javier.

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  2. Con el tiempo tal vez sea más importante su influencia como precursores que su obra discográfica, un tanto abstrusa aunque luego pretendieron llegar a una masa de oyentes medios que ya estaba en otra cosa. De todos modos, el panorama electrónico de Sheffield lo crearon ellos, y eso no se les puede negar.

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  3. Este "Red Mecca" creo que es una grabación muy sobresaliente en aquella escena de los primeros 80, independientemente de que su posterior deriva tuviera gran influencia en la escena acid house y techno inglesa. Es este un álbum favorito, nunca me canso de elogiarlo.
    Gracias y saludos,
    Javier.

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